Pasado incierto


"¿Cómo he llegado hasta aquí?" Esas fueron las primeras palabras que se me vinieron a la cabeza cuando recuperé la consciencia de mí mismo. No sabía lo que podía haber ocurrido desde ayer, y eso me aterraba.

Desde hace algún tiempo me pasa constantemente, pierdo la noción de todo, y luego vuelvo a recuperarla, y me encuentro en un lugar distinto al que estaba en un principio o haciendo algo impropio de mí, como es el caso.

Porque es bastante impropio de mí estar a las afueras de la ciudad, en medio de una arboleda, a tan altas horas de la madrugada. Y es sencillo imaginar el por qué... Valoro lo suficiente mi pellejo muerto como para quedarme aquí, a la intemperie, a esperar a que salga el sol. Sobra explicar lo que pasaría si lo hiciera. Desde que uno tiene consciencia de su condición le guarda un profundo respeto a la luz del día y al fuego. Esto se debe a que si bien es difícil matar a alguien como yo, eso lo pone más fácil.

Me he despertado en medio de la nada, y he comenzado a buscar algún sitio en el que cobijarme. Noto cómo mi tensión ha ido aumentando a medida que han pasado los minutos, y cómo mis pasos se han ido acelerando, al punto de estar al borde de la carrera. Miro ladera arriba y comienzo a ascender. Me queda poco tiempo. Los instintos luchan por primar, y me doy cuenta de que es absurdo reprimirlos cuando mi vida está en juego.

Mi marcha comienza a ser desesperada, rápida. Pero a penas hay luz y no paro de tropezarme con las raices de los troncos. Mis sentidos, ante la emergencia, se agudizan.Un olor, un olor distinto a lo demás. Lo sigo, a tientas, raudo en la medida de lo posible. Ante mí se va dibujando una silueta. En un primer momento es un borrón oscuro en medio de la nada, pero a medida que me acerco puedo distinguir más detalles y mi esperanza crece. Una especie de cabaña, en medio del bosque. No me detuve a pensar en la casualidad.

Sentía cómo mis movimientos se iban volviendo lentos, cómo mi cuerpo se volvía pesado. Actué deprisa. Entré, procurando no hacer ruido, pues no sabía si había alguien en el interior y me encontraba en una posición de clara desventaja. Busqué desesperadamente un lugar protegido o algo con lo que cubrirme del sol. Un montón de lonas viejas descansaban tiradas en una esquina. Estaban llenas de polvo, pero mi ropa seguramente estaría ya llena de tierra después de mi carrera y aquel no era momento de hacerle ascos a nada.

Me cubrí con las lonas, envolviéndome en ellas como un gusano en su crisálida. Me encogí, sintiendo en mis carnes cómo se aproximaba la hora, suplicándole a la nada que todo saliera bien.

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