Fugas a destiempo


No sabía cuánto tiempo había pasado sin que a penas se percatase, así, con los ojos abiertos, mirando, sin saber a dónde, en medio de la oscuridad. Esa oscuridad que se había convertido en parte de su existencia desde hacía ya tantos años, esa que le había arrebatado tantas cosas.

Era extraño. No entendía por qué seguía despertando. No encontraba una razón para hacerlo, ni tampoco una razón por la cual estar ahí. Aquella vida a medias se había vuelto un ciclo repetitivo, o quizás siempre lo fue, pero era ahora cuando se daba cuenta, después de recorrer el mismo camino en tantas ocasiones, llegando siempre al punto de partida.

¿Qué sentido tenía aquello? Al menos los que tenían una vida de verdad, una vida que perder, tenían presente día tras día la fugacidad de su tiempo, sabían que algún día todo acabaría. Pero este no era el caso. No había fin, y si lo había, era incierto.

Y había perdido más que ganado en todo el tiempo que llevaba sin saber si algún día todo acabaría. Había visto cómo todos los que tenían un fin trascendían, y en cambio su existencia seguía ahí. Cada vez más vacía, más solitaria. Y con los años lo había entendido, había comprendido cada matiz de la sentencia. Estaba maldito.

Definitivamente nada tenía sentido, se dijo. Y así fue como se decidió a acabar con lo que debía haber acabado en el mismo momento en que todo empezó.

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