La cita


Cuando el ruido furioso del motor de su coche cesó, cuando supo que había llegado, tuvo que obligarse a respirar hondo varias veces.

No necesitaba el aire, pero aquel gesto humano la tranquilizaba, y eso era lo que necesitaba. Los nervios se anudaban como una tensa soga a lo largo de sus hombros y su espalda, para luego rodear su garganta y bajar hasta la boca de su estómago. Había pasado por situaciones parecidas, pero las circunstancias ahora eran diferentes.  

Apretó entre sus manos el volante, planteándose que quizá debía volver a casa, pero la sola idea de decepcionarle a él... No, eso era algo que no podría soportar. Maldijo para sus adentros y se dijo a si misma que no debía darle tantas vueltas, que debía acudir y terminar con todo el asunto cuanto antes.

Salió del coche. El sonido metálico de la cerradura le indicó, como tantos otros desperfectos, que el vehículo necesitaba una buena puesta a punto o bien ser reemplazado por otro. Pero Dorothy aún se resistía a abandonar aquel viejo mustang que había sido su mejor aliado y salvador en tantas ocasiones, que guardaba tantas vivencias y secretos en sus asientos traseros.

Comenzó a andar, acercándose al teatro en el que había sido citada. No era un teatro muy antiguo, y su fachada, salvo por los carteles un tanto desgastados de obras que ya habían cerrado su producción algunos años atrás y el gran letrero con luces de neón, que a pesar de apagadas podían distinguirse bien, hubiera pasado por la de cualquier otro edificio. La suciedad en los cristales de las altas puertas de la fachada indicaba que hacía tiempo que había quedado obsoleto.

Intentó vislumbrar el interior a través de la transparencia del vidrio, pero el polvo y la poca luz no permitían una observación con excesivos detalles. Sólo podía ver un recibidor vacío, enmoquetado en rojo, y unas escaleras anchas, que eran la antesala de unas dobles puertas que seguramente conducían al patio de butacas.
Tal como le habían indicado, no usó la puerta principal para entrar. Sus pasos se reencauzaron y se internaron en la penumbra del estrecho callejón que conducía al lateral del recinto, donde había otra entrada, más discreta y modesta, y donde el abandono de aquel teatro se hacía más patente. 

Subió unas pequeñas escaleras de hormigón desnudo que tenían una barandilla metálica, y se situó frente a la puerta oscura, cuya superficie estaba impregnada por restos de pegamento y trozos de papel de lo que debieron ser carteles promocionales.

Dorothy miró alrededor, nerviosa. ¿La estarían observando? O quizá la esperaban dentro. En cualquier caso, debía entrar. Su mano temblorosa se posó sobre la barra de hierro oxidado, salpicado por pintura negra metálica que había  ido cayéndose y desnudando la palanca de apertura.  Empujó. Con un quejido chirriante, la puerta cedió.

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